martes, 19 de marzo de 2013

UNA PRIMAVERA ATÍPICA

En el restaurante - trattoria Monte Calvo, en el Poggio, el ambiente es popular y familiar. El local mantiene el mobiliario, la pintura y los azulejos de los años sesenta-setenta, cuanto menos. En mesas corridas se reúnen paisanos del pueblo, ciclistas de varias generaciones de peñas locales, aficionados de la contornada y también algún que otro del extranjero. El motivo: la disputa de la Milano - Sanremo, esta vez en domingo.

La concurrencia no daba crédito: una nevada así no se había visto nunca. Los entendidos la comparaban con  la nevada terrible en el Turchino en 1910. Al pasar Chavanel y Stannard por la cima del Poggio, seguidos a pocos segundos por Cancellara, Sagan, Paolini, Ciolek y Pozzato (que no cogería finalmente al grupo), el frío era intenso y la luz escasa. La supresión de la subida al Turchino, con la reanudación de la carrera en Cogoleto, fue una solución con bastante de improvisación, pero quizá la única posible dadas las circunstancias. La otra solución, de la que muchos hablan hoy a toro pasado, hubiese sido la anulación de la carrera. Los favorables a esta solución esgrimen que "la mutilación" de la carrera la desvirtua. Dicen que se continuó la carrera por intereses económicos y televisivos y no deportivos, y que en resumen no se respetó la tradición. Menos respeto a la tradición hubiese sido no disputarla, pienso yo. 

El Monte Calvo en 2012, día soleado

En la trattoria Monte Calvo a nadie se le pasó por la cabeza esa posibilidad. "Arriveranno verso le otto", era el comentario. Una Classicissima no puede anularse así como así, cuando los únicos motivos para no disputarla han sido, de momento, las guerras mundiales. Los que dicen respetar la tradición parecen desconocer que nunca se ha suspendido un monumento por mal tiempo. Y a pesar de la aquí llamada mutilación, el final se disfrutó y vivió como siempre - incluso mucho más que en las ediciones resueltas en un anodino sprint. La prueba de la exigencia de la carrera fue que el frío y la humedad se llevaron por delante a gente como Vincenzo Nibali y Edvald Boasson Hagen. Las declaraciones altisonantes y críticas de Boonen seguro que hubiesen sido diferentes en caso de tratarse de la Ronde. Lo cierto es que Boonen y medio Omega Pharma - Quick Step dejaron solo a Cavendish, que se buscó la vida en solitario: la diferencia entre Boonen y Cavendish estriba en que uno ama la Classicissima y el otro no; que uno la ha ganado y el otro no.

Los quilómetros que afrontaron los corredores se disputaron en igualdad de condiciones. Se suprimieron Turchino y Le Manie, pero la climatología aportó la dosis de dureza necesaria que compensó el recorte de quilómetros. Le Manie, incorporado por primera vez en 2010, no se ascendió por cuestiones de horario: de ascenderse, el descenso del Poggio se hubiese realizado casi a oscuras. 


El final, como en los últimos años, estuvo marcado por la incertidumbre, la emoción y la sorpresa. El año de la victoria de Goss, los aficionados del Monte Calvo, observando la pequeña pantalla del televisor, creyeron que había vencido Gilbert. En 2012 la victoria parecía cantada para Gerrans desde el momento en que Cancellara se dedicó a tirar a lo bestia en el corso Cavalotti, y Nibali a esperar a Sagan. Este año, a falta de héroes locales, los tiffosi iban con Sagan, y se llevaron otra decepción. Ciolek jugó a la perfección sus cartas. Respondió al ataque en el Poggio y aguantó. Marcó las ruedas que tenía que marcar, principalmente la del eslovaco, y no malgastó fuerzas. Finalmente, inició el sprint en el momento justo, y fue, de eso no hay duda, un justísimo vencedor, y por supuesto no un vencedor de una carrera de 125 quilómetros, o de una Sanremo "que ya no era una Sanremo", como se ha podido leer en varios medios. Sagan pecó de exceso de seguridad: no juzgó de forma adecuada la fuerza de sus rivales, saltó a todos los ataques y se precipitó en el sprint. Cancellara corrió con mucha más inteligencia: y si hubiese durado un poco más la recta de llegada, hubiese rebasado claramente a Sagan y quién sabe si a Ciolek.



Gerald Ciolek llevaba varios años sumido en el más completo anonimato. Después de pasar a profesionales con la aureola de futuro rey del sprint, sucesor de Zabel, se había convertido en un velocista que conseguía puestos y no victorias (tipo José Joaquín Rojas), y últimamente ni eso. De todas formas, Ciolek no ha sido el único vencedor sorprendente, solo hace falta repasar un poco la historia. En ella podemos encontrar a René Privat en 1960 o Erich Mächler en 1987. Pero puestos a recordar Classicissime atípicas y sorprendentes, la edición de 1982 fue quizá la que se llevó la palma, con la victoria del neoprofesional Marc Gomez, del equipo Wolber. La edición de 1982, también se disputó en domingo, y también estuvo marcada por el frío en el Turchino y la lluvia en la Riviera: una edición en la que llegó la fuga matinal. El mal tiempo y el marcaje mosersaronniano de la época condicionaron el resultado. Vincenzo Torriani había incluido ese año la subida a la Cipressa a fin de evitar el dominio extranjero, y como ya hiciese al introducir la subida al Poggio en 1960, la victoria fue para un ciclista más o menos desconocido. Y para más inri, francés. En 1982, el bretón Marc Gomez fue el único que llegó a Via Roma, después de desembarazarse de Alain Bondue, que cayó en la curva que daba inicio al descenso del Poggio. Gomez, Bondue y Claudio Bortolotto fueron los héroes de la jornada, ante la pasividad de los líderes.  Gomez llegó a meta entre el silencio de la gente, que desconocía su nombre. Gomez? Uno spagnolo? La misma sorpresa que ante Freire Gomez en Verona en 1999. Si Ciolek tiene en su haber (aunque todavía es joven) solo una etapa en la Vuelta a España y dos campeonatos de Alemania (el primero al vencerle a Zabel con 18 años), Gomez solo ganaría con posterioridad a la Sanremo una etapa en la Vuelta a España y un Campeonato de Francia.



La Classicissima no es solo una carrera ciclista. Para toda una nación y para los seguidores de un deportes es algo más que eso: un símbolo cultural del cambio de estaciones, y también un elemento que marca la continuidad de los años. Algo relativo a la tradición y a la cultura, que excede lo meramente deportivo. Un símbolo que se encuentra en decadencia, como todos los símbolos europeos, azotados por la tiranía de lo económico y la dispersión globalizadora.  Este documental holandés - una auténtica maravilla -  lo muestra a la perfección.

jueves, 14 de marzo de 2013

EL FESTIVAL DE SAN REMO

Viejos hoteles decimonónicos con persianas abatidas. Antiguas mansiones de káiseres y zarinas ya abandonadas. El antiguo trazado de un ferrocarril, hoy convertido en carril-bici, que unía la costa con las cortes de Mitteleuropa, relacionando de forma exótica a tenderos bigotudos y parlanchines con jóvenes herederos y príncipes sin corona, ociosos y enfermizos. Un teatro, hoy pasado de moda, convertido en el lugar de celebración de un festival de la canción (hoy convertido en un espectáculo berlusconiano más), lugar de encuentro de estrellas pasajeras de la canción, promovidas por discográficas ansiosas de copar el mercado juvenil, y cantautores atormentados, izquierdistas y suicidas. No, no se trata de una película de Fellini ni de una novela de Thomas Mann. Se trata de Sanremo.

Sanremo tiene el encanto especial de las ciudades decadentes. Quizá Benidorm sea así dentro de cuarenta o cincuenta años, aunque sin tanto glamour, por supuesto. Sanremo es también Via Roma. O el Corso Cavalotti. O el Lungomare Italo Calvino. Sanremo es sin duda también sinónimo de ciclismo: de la via Aurelia, de los capi, de la Cipressa, del Poggio. La Milano - Sanremo es la mejor carrera del calendario, la inalterable, la Classicissima (cabría decir también la Lunghissima): salida junto al Castello Sforzesco, lluvia en el Turcchino, escapada en la Aurelia, escaramuzas en la Cipressa, estacazos en el Poggio, descenso suicida del mismo, y sprint en Sanremo. Es la carrera del suspense, la carrera de la resistencia, la carrera de la tradición. La carrera más emocionante y más difícil de ganar de todo el calendario ciclista. La Milano-Sanremo marca, como las fallas, el inicio de la Primavera: el inicio del nuevo año pagano.

En la cima del Poggio di Sanremo hay un bar donde se reunen aficionados del ciclismo de toda la región, pero también suizos, austríacos, anglosajones, y algún despistado español. Este fin de semana, no ya en sábado como dicta la tradición sino en domingo, como dicta el mercado, me tomaré un espresso allí. Echando de menos a Freire, pero intentando disfrutar de un gran día de ciclismo y bicicleta, a pesar de los pesares. 


IL POGGIO

Inizio salita
Lo strappo (De Wolf, 1981)

L'allungo (Fondriest, 1993)

Sulla scia (Cancellara, Gerrans, Nibali, 2012)
Fine del Poggio
Inizio discesa


L'ARRIVO: VIA ROMA / CORSO CAVALOTTI / LUNGOMARE ITALO CALVINO

Gino Bartali, 1950

Miguel Poblet batiendo a Rik Van Steenbergen, 1959

Raymond Poulidor, 1961


Eddy Merckx, por delante de Gianni Motta, Franco Bitossi y Felice Gimondi, 1967


Michele Dancelli, 1970


Roger De Vlaeminck, 1973


Eddy Merckx, por delante de Francesco Moser, 1975

Eddy Merckx, 1976

Fons De Wolf, 1981
Marc Gomez, 1982

Giuseppe Saronni, 1983

Laurent Fignon, por delante de Maurizio Fondriest, 1987
Sean Kelly, por delante de Moreno Argentin, 1992


Laurent Jalabert, por delante de Maurizio Fondriest, 1995
Erik Zabel, 1997
Óscar Freire, batiendo in extremis a Erik Zabel, 2004
Mark Cavendish, por delante de Heinrich Haussler, 2009

Óscar Freire, 2010
Matthew Goss, por delante de Fabian Cancellara, Philippe Gilbert y Filippo Pozzato,  2011




domingo, 10 de febrero de 2013

PELÍCULAS INSUFRIBLES DEL SIGLO XXI

No se trata ésta de una lista sobre películas "malas", o simplemente sobre eso. Se trata más bien de una lista sobre películas sobrevaloradas, películas que se vendieron como obras maestras y en cambio son bodrios insufribles, insoportables, o que al menos a mí me lo parecen. 

No suelo criticar duramente las películas, aunque no me gusten, pues toda creación me parece interesante. Ciertos géneros no me gustan, pero sé que sin embargo tienen su público, y cumplen a la perfección con las expectativas que venden. Pero hay casos contados (en realidad me ha costado encontrar diez), en los que me ha parecido ver tanta pretensión, tanta pedantería, tanto engolamiento o simplemente tanta mala idea, que tienen que figurar en un tipo de lista así: películas simplemente insufribles.

Podría haber buscado en la historia del cine, pero he preferido centrarme desde el 2000 hasta la actualidad. Una década muy buena a nivel cinematográfico (superior a los 80 y los 90, a mi juicio), en la que el cine se ha globalizado (cine iraní, coreano, sudamericano, rumano, etc.), ha crecido y ha planteado alternativas, y que no muestra, ni muchísimo menos, ese declive que algunos proclaman para vender series americanas como sucedáneo (quizá haya declive en el cine norteamericano, lo que no equivale a crisis del cine en general).

Estás son las películas en cuestión, películas seleccionadas según criterios puramente subjetivos y sujetos por tanto a discusión. Les acompaña un brevísimo comentario. 

Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004)

Americanización de la ideología epidérmico-progre española. Amenábar jugó a joven Hitchcock y a joven Kubrick, y le había salido bien hasta el momento: entonces se adentró en el terreno del melodrama y le salió este bodrio digno de Telencinco. No parece haberse recuperado del batacazo de Ágora, película que por cierto no he visto.



Babel (ídem, Alejandro González Iñárritu, 2006)

 Iñárritu es uno de esos directores tan melodramáticos como efectistas que entrarían a la perfección dentro del calificativo de "sensacionalistas" (como Aronofsky o Noé, aunque el mejicano más soft). Amores perros fue una buena película, al menos en su momento; también 21 gramos. Pero ya en 2006 el juego de las vidas cruzadas había dado todo el jugo ya, de tan exprimido. Además, la problemática global de la película no oculta la estrechez de miras del director. Su última con Bardem que la viese otro.  



Infiltrados (The departed, Martin Scorsese, 2006)

No es mala película, simplemente es una película convencional. Dentro de la deriva comercial de Scorsese en los 2000 es, por otro lado, de lo más normalito. Gangs of New York y Shutter Island también tendrían muchos puntos para entrar en esta lista, pero no recibieron un Oscar. Que se lo diesen por esta película aun me resulta increible: quizá se lo dieron por pena. Dentro del marchito Scorsese de la década del 2000, por la única película que mantengo cierta simpatía (que no gusto) es por Hugo Cabret. 



Caótica Ana (Julio Médem, 2007)

Caótica es el mejor apelativo de esta película, que demostró las auténticas dotes de Médem al fusionar el hippismo ibicenco con el compromiso saharaui, y al acabar con una defecación en directo (¿metáfora del propio resultado de la película?). Médem fue uno de los directores que me incitó a amar el cine en mi adolescencia con Vacas y Los amantes del círculo polar, todo hay que decirlo.  Pero esto...se trata de una película simplemente estúpida, dolorosamente estúpida: ya no me atreví con Habitación en Roma. 


 

Pozos de ambición (There will be blood, Paul Thomas Anderson, 2007)

Sé que me estoy metiendo con una de las cintas "intocables" de la década y con uno de los "genios" del presente siglo. No se trata de una mala película; pero no creo que sea tan obra maestra como venden. Esta película figura habitualmente en las listas de mejores películas de la década, e incluso de todos los tiempos: demasiado. Nunca he sido muy fan de Paul Thomas Anderson, casi lo contrario, he de reconocerlo. Hasta mitad de la película, ésta es magnífica, especialmente gracias a la fotografía y la música de Johny Greenwood. Luego la cosa empieza a desbarrar con Daniel Day Lewis a la cabeza: de acuerdo, el capitalismo lleva a la locura.   Pero la película empieza a naufragar y la megalomanía del actor se une a la del director en el plan grandilocuente de crear la "gran película norteamericana", y la cosa termina en un no sé qué pretencioso y ombliguista como cualquier cinta de Orson Welles (o mucho peor). Desde Gangs of New York, Day Lewis hace siempre el mismo papel, con las mismas muecas, las mismas idas de olla y las mismas miraditas de párpados semientornados. 



Shirin (ídem, Abbas Kiarostami, 2008)

De alegato a la mujer se pasa a alegato al sopor. ¡Por una vez coincido con Boyero! El experimento, muy original, que resulta interesante durante diez minutos, acaba por resultar insoportable, como sucede también en la pretenciosa El arca rusa de Sokurov Lo único salvable de la película (y en realidad lo único que motiva para seguir viéndola) es la belleza de las mujeres iraníes.



Vicky Cristina Barcelona (ídem, Woody Allen, 2008)

O cuando Allen pasó a filmar reportajes turísticos. A la tópica visión de España (eso se buscaba, como en su Londres o en su Roma)  se añade un insufrible trío de actores nefastos. Nada más que decir.



Quemar después de leer (Burn after reading, Joel and Ethan Coen, 2008)

En mi descrédito he de advertir que no puedo con los Coen. Pero así como otras películas suyas las he soportado e incluso disfrutado (No country for old men, por ejemplo), ésta me resulta una comedia-batiburrillo para lucimiento de actores amiguetes, y lo peor de todo, una comedia sin gracia. Para ello se encargan el endiosado Clooney y Malkovich: estos dos figurarían sin duda alguna en mi lista particular de peores actores de todos los tiempos. De no ser por Paulo Branco, Malkovich debería estar en el paro desde hace muchísimo tiempo. 



Enter the Void (ídem, Gaspar Noé, 2009)

Efectismo visual y pretencisiodad enfermiza al servicio del vacío ( the void), la redundancia y el topicazo. Esta es una de las peores películas de la lista, sin duda alguna. No sé cómo se las arregla este Noé para empezar bien e ir cagándola poco a poco, hasta erigir delante del espectador un auténtico bodrio sensacionalista, plagado de planos cenitales prescindibles y de lucecitas mareantes. Juega a moderna, pero la película es predecible, no solo en cuanto a trama, sino en cuanto a resolución de los planos. Gaspar Noé no conoce el viejo dicho de que lo poco gusta y lo mucho cansa. Gaspar Noé quiere provocar y no sabe cómo; en realidad es un director de porno con ínfulas.



El árbol de la vida (The three of life, Terrence Malick, 2011)

Los dinosaurios y la familia macarthysta norteamericana están unidos por el hilo continuo de la compasión: de una cosa se llega a la otra mediante un raccord "incuestionable". La vendieron como una experiencia espiritual, como una oda a la trascendencia, como un poema visual: sí, logra imágenes bellas, no lo niego, pero su contenido no trasciende el puro kitsch norteamericano. Por kitsch en literatura se entiende aquello que redunda en formas convencionalmente bellas para emocionar, sin contener estas formas nada más allá de su palabrería, sin superar la creación de un ambiente que ayuda a no pensar: lo mismo que la película en cuestión.   La parte central de la película está bien resuelta, y sería incluso una obra maestra si prescindiese del prólogo "solipsista" (toda la "creación" desemboca en el yo americano) y del epílogo "redentor", con un Sean Penn vergonzante, que más que trascender a un plano superior (construido de forma bastante convencional, por no decir trillada), parece salir dando tumbos de una rave en el desierto.



viernes, 8 de febrero de 2013

UN FESTÍN DE ASTUCIA Y TRAICIÓN

"Cycling isn't for people who want definitive answers. Like readers of novels or film fans, cygling aficionados constantly move between wild abandonement and cold hearted post-race analysis. That's what passion is all about: being dazzled, but also wanting to understand."

Esta precisa descripción de la esquizofrenia del aficionado ciclista leí ayer en Rouleur. El aficionado se debate entre el apasionamiento y la sospecha, entre el "ser deslumbrado" por la belleza darwinista de la competición, y el "querer conocer" la verdad que se oculta tras ésta.

Leí esto a propósito de un artículo dedicado a un libro sobre ciclismo de un escritor belga, llamado curiosamente Herman Chevrolet, titulado Het feest van list en bedrog, algo así como Un festín de astucia y traición. El libro aparentemente parece ser la enésima recopilación de momentos de la historia ciclista, tan plagada de épicas y leyendas de dudoso origen. Pero la aportación de Chevrolet va más allá. No se detiene y se regodea en la repetición y el acrecentamiento vulgar de la leyenda, sino que más bien se centra en aquellos momentos en el que las astucias, jugarretas, trampas, chupadas descaradas de rueda o intereses profesionales y económicos han decidido carreras. Los momentos en los que se han intercambiado sobres de dinero entre las miraglie. Los momentos en los que quién pasaría primero la línea de meta se ha decidido en una conversación en italofrancoespañol a un quilómetro de meta entre un ciclista belga y otro italiano. El libro parace intentar descubrir también las motivaciones que se ocultan tras un corredor que no da relevos, u otro que en cambio los da cuando no debería hacerlo por intereses de equipo, u otros compartamientos aparentemente inexplicables que muchas veces se han dado en el ciclismo.   

Este tipo de "apaños", que se esconden detrás de ciertas victorias tanto o más que el doping, engrosan en parte la literatura ciclista. Son conocidos o sospechados, e incluso algunas de estas transacciones pueden convertirse en leyenda. Muchas veces no son solo decisivos los acuerdos económicos, sino también las simples enemistades, deseos de venganza o intereses egoístas. El auténtico aficionado al ciclismo da todo esto por sentado, aunque pueda parecer raro a algún neófito: se considera una "particularidad" del ciclismo en cuanto deporte profesional. En el ciclismo coexisten de forma no siempre equilibrada los egoísmos y ambiciones individuales con las lealtades y subordinaciones al colectivo, o al que paga.  En pocos deportes, como con cinismo y cariño mostraba Le Vélo de Ghislain Lambert, se da una relación tan esclavista como la que existe entre un líder y su gregario: pero también en pocos deportes los premios se reparten equitativamente entre los miembros de un equipo (e incluso repartiendo un poco también entre los de otros con tal de que no ganen). 

Aquí algunas perlas del tal Herman Chevrolet, cargadas algunas de ellas de un sutil cinismo: 

"Actually, cycling is not a sport. (...) It's closer to film and literature. The riders are heroic figures. To understad (cycling), we need to look at the motives for creating road races in the first place - to sell newspapers and bicycles. 
Fair play was way down on the agenda - and still is, but for some reason we insist on judging riders on irrelevant criteria. Film buffs don't ask Hollywood stars how they achieve their performances; actors don't receive doping bans"

 (Sobre el ciclismo limpio)
"It's a real tragedy, because clean cycling wouldn't be cycling. Filth and dirt is at the very core of the drama that is cycling."

"Greed, not moral hygiene, is the driving force"

(Sobre Vinokourov, prototipo de personaje siniestro, mafioso y astuto)
"Vinokourov looks set for a career in politics. He's definitley got what it takes. Cycling is the perfect school".

(Sobre Armstrong, otro que tal baila)
"The Texan's journey would make a great Scorsese movie"

"To become a great rider you have to kill your mother and father first."

"Cycling is a Catholic thing. It may seem trivial, but it partly explains why it isn't understood in non-Catholic countries. (...) In Catholicism sins are forgivable and thus seen more leniently."


Todas estas citas hay que leerlas con ironía (supongo). Como se explica en el artículo, el autor no es un partidario de la "barra libre", al menos total, sino más bien alguien cansado de la "histeria" del anti-doping, alguien que reconoce estoicamente que doping y deporte profesional es un binomio inquebrantable, y que relaciona las actuales cruzadas en pos de la limpieza con una sociedad en excesivo moralista y frívolamente preocupada por la salud (por el tofu, señala). Tampoco creo que el escritor en cuestión sea un defensor a ultranza del homo homini lupus hobbesiano en todos los ámbitos de la vidal: aunque en el terreno de la competición ciclista, lo considere un buen desinfectante frente al buenismo. En mi opinión, los principios morales, tan útiles para convivir en sociedad, no tienen nada que decir ni aportar en el ámbito del deporte y el arte. Con ello no me refiero al doping, sino a la defensa que hacen muchos del fair play, sin entender en el fondo las motivaciones egoístas e interesadas que se esconden tras éste (muchos no se dieron cuenta de que cuando Indurain dejaba ganar, lo hacía más para ganarse aliados que por "deportividad", de la misma forma que cuando Cancellara paró la carrera en el Tour de 2010 no lo hizo porque se hubiese caído medio pelotón, sino para que se reincorporase Andy Schleck). Si lo miramos por el lado irónico, las sanciones por doping incluyen cierto dramatismo a las carreras. 

Se puede acusar a tales opiniones de ser conscientemente cínicas. Puede ser. Ante una temporada que se augura gris e insustancial, sobrevolada por sospechas, prefiero tomármelo a guasa. El ciclismo es un deporte que exige una fidelidad a prueba de ídolos y patriotismos. Exige una fidelidad a veces por encima incluso de la moralidad (pues el aficionado verdadero puede encontrarse sumido en el dilema moral de disfrutar de algo aun sospechando de su naturaleza fraudulenta). Precisamente por ello, el ciclismo no es para el aficionado que quiere respuestas directas o definitivas, como decia en la cita inicial el periodista de Rouleur. No siempre gana el mejor, ni siquiera el mejor preparado, sino el más astuto, el que tiene menos escrúpulos.

lunes, 21 de enero de 2013

NIÑOS TRISTES

Estos niños en blanco y negro, al hacerse grandes y algo más experimentados, se convirtieron en grandes escritores. En sus miradas inquietas hay un ligero destello del deseo de aventura y de la curiosidad asombrada de la niñez, pero también de la tristeza de niños habituados a juegos solitarios. No saben qué hacer en esos decorados que parecen pensados para motivar depresiones. ¿Ya pensaban entonces  en El libro del desasosiego, El hombre sin atributos o El proceso?

Fernando Pessoa

Robert Musil

Franz Kafka


jueves, 10 de enero de 2013

EL JOVEN TÖRLESS, DE VOLKER SCHLÖNDORFF (1966)

El joven Törless (Der junge Törless, Volker Schlöndorff 1966), es una película de aprendizaje, como la novela de la que es adaptación cinematográfica, Las tribulaciones del estudiante Törless (Die Verwirrungen des Zöglings Törless, 1906), la opera prima del escritor austríaco Robert Musil . En esta novela semiautobiográfica, Musil colocaba en la figura del alterego Törless sus experiencias en la academia militar de Hranice.


Törless es un adolescente internado en una academia militar. Tal institución es un vetusto edificio situado en una localidad alejada del centro del Imperio: en ella se educan los hijos de la alta burguesía austro-húngara. Desde el primer momento, se aprecia que Törless es un muchacho inteligente, taciturno y soñador, que aparentemente echa en falta a sus padres y se aburre mortalmente en las clases. Frecuenta la compañía de dos alumnos astutos y crueles, Reiting y Beineberg. El primero se siente fascinado por la violencia de un modo primario (en una escena inicial mata a una mosca con su pluma), el segundo de un modo más "intelectual". Por Beineberg Törless siente aversión y atracción, como si fuese una fuente de peligros pero también un ángel protector. Precisamente con Beineberg irá de visita a la humilde casa de la prostituta Bozena. Este encuentro será algo incómodo para Törless, al compararse la propia Bozena, a fin de escandalizar al muchacho, con su madre.


Reiting y Beineberg encontrarán en Basini, un chico débil y que intenta ganarse a toda costa el aprecio de los demás, una víctima propicia para sus juegos. Reiting descubrirá que Basini es el que se oculta tras el robo de una cantidad de dinero perteneciente a Beineberg. De esta forma, tanto Reiting como Beineberg decidirán someterlo a vigilancia en vez de acusarlo ante la dirección del centro para, llegados a cierto punto, comenzar a ensañarse con él. Törless asistirá a las vejaciones a las que se somete a Basini, en un inicio atraído por la dialéctica creada entre verdugo y víctima, pero cada vez más asquedado por la brutalidad de sus amigos y atraído por la suerte de Basini, al que intentará comprender y del que se sentirá cada vez más cercano.   


Es esta, por tanto, una de las tantas película que muestra el tránsito muchas veces doloroso, o cuanto menos dubitativo, de la pubertad al cenagoso mundo adulto. Estas historias ganan enteros cuando reproducen ciertos ambientes. El ambiente corrector de un instituto de prestigio, con sus uniformes, sus estricta normativa  y la atractiva transgresión de ésta, es más propicio, más literario si se quiere, para que crezcan en él historias de este tipo. Solo hace falta repasar un poco la lista, que comenzaría con Los cuatrocientos golpes de Truffaut y podría terminar en Submarine de Richard Ayoade, pasando por Adiós, muchachos de Louis Malle y El club de los poetas muertos de Peter Weir, sin olvidarnos de Academia Rushmore de Wes Anderson. El colegio o instituto público ha dado históricamente menos juego: solo el más reciente cine francófono ha sabido aprovechar toda la carga explosiva que reside en estas instituciones (La clase, Profesor Lazhar, En la casa...).  

Pero la historia de Törless de Schlöndorff, tomada casi al pie de la letra de la del genial Musil, entronca con una larga tradición germánica: la novela de formación o Bildungsroman. Estas novelas se caracterizan por el descubrimiento del mundo por parte del adolescente: un descubrimiento que, desde el lado de la vida, va ligado a contrariadades, impulsos, ilusiones y desengaños, y desde el lado opuesto, o cuanto menos distante, de la reflexión, va acompañado del entusiasmo de las ideas y de algún que otro aprendizaje moral.  El descubrimiento del amor, la iniciación sexual, las primeras responsabilidades, el combate contra lo establecido y la duda que genera la discordancia entre el sujeto y el mundo...vamos, lo de siempre. La opera prima de Musil viene a ser un eslabón más en una larga cadena, pero un eslabón determinante, en cuanto que introduce en el mundo ya de por sí confuso de la adolescencia la ambivalente atracción por lo inconcebible, lo violento y lo prohibido. Aparecen así las dinámicas de crueldad-humillación, sojuzgamiento-servilismo, atecendentes del booling, y que tanto juego han dado en el cine alemán. La iniciación en la crueldad no es otra cosa que el tema clave de La cinta blanca de Haneke, y también de la cinta más recóndita Teenage Angst de Thomas Stuber (2008), que parece aludir al Törless musiliano directamente. Ese mismo juego sádico puede apreciarse en Ping-pong de Matthias Lutthart (2008), e incluso la reflexión sobre el adoctrinamiento y el servilismo adolescente (pero también extrapolable a nivel nacional) alcanza su culmen en La ola de Dennis Gansel. La película de Schlöndorff supone una inspiración de todos estos films en cuanto que introduce por primera vez la concomitancia entre educación reaccionaria, violencia y totalitarismo. La novela, en cambio, no es tanto una reflexión sobre la educación, ni mucho menos una advertencia contra los peligros del totalitarismo (en 1906 Musil poco sabía de cómo iban a ir las cosas a posteriori). Más bien supone un análisis de las desorientaciones en el crecimiento hacia la edad adulta, la libertad de pensamiento de la adolescencia, y también sus abismos, tentaciones y desórdenes.    

Robert Musil en sus años en la academia militar.
La película sortea algos charcos en los que se sumerge la novela, de una mayor densidad. En la novela se trata el tema de la homosexualidad adolescente: Törless interpreta en inicio como una fuente de dudas y tormentos interiores sus impulsos hacia Basini, interiorizándolos y naturalizándolos a posteriori; en la película, las "tribulaciones" homosexuales de Törless se insinúan con mucha elegancia, sin mostrarse claramente.  También en las relaciones con la prostituta Bozena la película introduce un aspecto nuevo: Bozena adquirirá un papel más maternal al dar amparo a Törless en su huida, cosa que no sucede en la novela. En ésta, el recuerdo del contacto de Törless con la prostituta es en todo momento un recuerdo vergonzante, pero también alumbrador, pues supone el descubrimiento para Törless de la posibilidad de otro mundo.


Pero quizá donde más alternativas plantea la película es en el trasfondo filosófico. Schlöndorff altera casi imperceptiblemente algunos diálogos, para introducir en ellos una reflexión sobre la génesis del nazismo que lógicamente no estaba presente en el libro. Beineberg encarna una y otra vez estos pensamientos, una especie de simplifación pre-SS de la filosofía nietzschiana, aludiendo a la violencia sistemática como una forma de acceso a un nível superior, previo despojamiento de la compasión humana. Reiting encarnaría en cambio la vertiente simplona del nazismo, sustentada en la brutalidad por la brutalidad. El discurso de Törless ante los profesores al final de la película muestra cómo éste ha comprendido que tras las vejaciones y la violencia no hay nada "sobrenatural", que no hay nada misterioso en los papeles del verdugo y la víctima, nada que hable de la condición humana, ningún tema literario, ni ninguna idea que pueda servir de coartada, sino que sucede sin más, como algo natural, inquietantemente natural, y por tanto posible. En una significativa y anacrónica alusión al presente de Alemania, Schlöndorff pone en boca de Törless que "no hay un muro que separe un mundo malo de un mundo bueno, sino una continuidad del uno al otro" (en clara alusión a la construcción del muro en 1961, separando el mundo"bueno" del "malo"). Törless concluye diciendo que lo único que se puede sacar en claro es que la brutalidad y la violencia puede darse en cualquier momento, y es necesario saberlo y estar prevenido. 



En la novela, el discurso final de Törless, si bien alude a la dialéctica de lo bueno y lo malo y su a veces indistinguibilidad, no está preñado de referencias históricas. Señala más bien que habita algo natural en lo inconcebible (algo inquietantemente natural en el contraste entre Bozena y su madre, o en la violencia a la que someten a Basini, o en sus propios impulsos homosexuales), de igual forma que hay algo animado en lo inanimado, y bajo todo pensamiento e idea late un sentimiento. Para ello es necesario ver el mundo quizá con dos ojos: uno dirigido a la claridad, otro dirigido a la oscuridad. Musil pone en boca de Törless sus propias contradicciones internas, y la inutilidad de buscar justificaciones literarias a ciertos impulsos oscuros: "Ahora todo ha pasado. Sé que me equivoqué. Ya no temo nada. Sé que las cosas son las cosas y que siempre seguirán siendo ellas mismas, y que yo las veré ora de una manera, ora de otra. Ora con los ojos del entendimiento, ora con los otros...Y ya no intentaré compararlas, cotejarlas..."



Los cambios introducidos por Schlöndorff en este aspecto vienen motivados por la voluntad de los artistas del Nuevo Cine Alemán de no eludir el tema del pasado inmediatamente reciente. Uno de los principios rectores del Nuevo Cine Alemán era la voluntad de afrontar el pasado nazi de cara, mostrándolo ya fuese metafóricamente, ya fuese directamente. Serán sintomáticos los intentos de Fassbinder o del propio Schlöndorff en este terreno. De esta forma, deposita en la novela de Musil pequeñas dosis de pre-nacionalsocialismo, de igual forma que tiempo después Haneke hará de La cinta blanca un estudio de los orígenes de la violencia en grupo de muchachos, que tiempo después presumiblemente formarían parte del movimiento nazi, o cuanto menos de sus simpatizantes.


Por último, señalar que la película de Schlöndorff tiene ese aire espontáneo y soñador, como el de una inocente fábula de tiempos remotos, que tenían las películas de su época, inspiradas en las nuevas sendas, tanto temáticas como formales, abiertas por la nouvelle vague. Con pocos recursos y una voluntad intimista logra captar la atención del espectador desde el principio. La narración se reduce a sus puntos climáticos, con algún que otro plano de un contemplativo Törless frente a la naturaleza. Schlöndorff logra dar intensidad a cada escena, a cada movimiento de cámara, sin que por ello pase por alto el abocetamiento - pero también la intensidad - que tiene toda primera película, o toda película juvenil. Con más crudeza y menos ironía recuerda a películas como Trenes rigurosamente vigilados del checo Menzel, o a las películas de Louis Malle (productor de la película). Con todo, a pesar de las pequeñas omisiones y los sutiles cambios operados sobre la novela de Robert Musil, la adaptación de Schlöndorff le hace sobradamente justicia, adaptándola en espíritu, y sirviéndose de la interesante actuación del joven alemán Mathieu Carrière en el papel de Törless para conseguirlo.

martes, 8 de enero de 2013

LOS RETOS DE UN NUEVO AÑO SOBRE LAS CENIZAS DE LOS ANTERIORES

En la "edad de oro" esta era una tierra de ensueño, una nueva Canaan de la leche y miel donde todo era posible. Todo eran pabellones, nuevas construcciones, series modernas, sol y playa, objetivos terroristas (dada la importancia del país), azores y alianzas de civilizaciones, suplementos dominicales, revistas ilustradas, aeropuertos, ferias del agua, controversias bizantinas, vuelcos electorales, ciudades de las ciencias, pinturas de Barceló, platos de Adrià, canales televisivos, reales nupcias, éxitos editoriales, producciones de El Terrat, fórmulas 1, repúblicas de Redonda y óscares para Almodóvar. Hoy de la gran bambolla hinchada con esmero durante los años arcádicos solo queda el bufido estridente, ahogándose poco a poco, de su paulatino desinflado. De todas formas, el 2011 pareció un año de renacimiento: de primaveras. Pero ya lo decía Deleuze: a la revolución inglesa le siguió Cromwell, a 1789 Napoleón y a 1917 Stalin. A 2011 le han seguido los hermanos musulmanes y Rajoy. 

De todas formas, de los rescoldos de 2011 todavía queda algo. Un preocupación, quizá impostada, quizá dictada por los nuevos tiempos, por lo colectivo. En 2011 se presentía, aquí y allá, en bares y autobuses, la nostalgia de los paradigmas perdidos. Salía a relucir, como quien se acuerda de un cariñoso abuelo muerto hace tiempo, el nombre de Marx; y durante un momento hablar de comunismo dejó de ser escandaloso (si alguna vez ha sido escandaloso hablar de ideas muertas desde 1956). El 15 M, si sirvió para algo, fue para evidenciar afortunadamente la carencia de un plan de ruta, de una ideología o creencia que guíe los pasos y encamine a una colectividad, cuya máxima y más silenciosa aspiración es la de convertirse en rebaño. Las grandes ideas se volatilizaron desde el momento en que el tijeretazo se convirtió en 2012 en una nueva y poderosa arma de refeudalización, como tras las crisis medievales. En aquellos tiempos remotos, el campesino pagaba los platos rotos de las epidemias y de las carestías, incrementándose sus cargas feudales a fin de que los señores siguiesen mantuviendo su tren de vida: ya lo decía aquél, el "eterno retorno de lo idéntico".

Tras las ilusiones frustradas se ha abierto la veda para los redentores culturales, siempre dispuestos a crear una nueva revista o un nuevo tema de conversación con el que hacernos olvidar que ya no estamos en los años arcádicos de Marías, Adrià y Barceló (Miquel, no el ron). Como sucediese en su momento con Camps, que siempre que empezaba un tema acababa hablando del trasvase y del "agua para todos", como la bola del pinball que irremediablemente siempre cae en el mismo agujero, estos redentores culturales, empachados de una nostalgia algo navideña y americanizante, siempre incurren en los mismos deslices: fútbol y series de la HBO, no hay más. Un fútbol poetizado, rescatado de lo vulgar (del discurso habitual de un Marca TV), pero con la motivación íntima y no expresada de convertirlo en un nuevo culto de élites periodísticas, haciendo de lo popular enaltecido algo distinto, y naturalmente más elevado, que lo popular a secas. 

De esta forma, con el discursito madridistabarcelonista imperante (también en política) y la alabanza ciega a las series americanas, entendidas éstas como el nuevo maná que nos trae el Imperio, los articulistas que juegan a ser novelistas, no sabiendo que no es lo mismo escribir cien palabras que seiscientas páginas, nos van entreteniendo, convenciéndonos de que todavía queda algo de esa cultura de la edad de oro, que añoran. Pero no solo proliferan futboleros, pobrecitos, también han surgido como setas tras una lluvia otoñal los cansinos debates políticos, en los que el espectador avezado ya ha comenzado a barruntar que los periodistas presentes en las tertulias interpretan un papel diferente ya sea el canal Intereconomía o La Sexta. El espectador o el lector tendrá que vérselas de ahora en adelante con una nueva raza de periodistas (no todos, menos mal) que, amparándose en galones conseguidos en los años de transición, felipismo y aznarismo (nunca zapaterismo, Zapatero es hoy en día el "malo malísimo" innombrable), tienden a convertirse en una casta nada menos que sacerdotal, instructora de las almas y salvadora de conciencias.

Pero si el 15 M ha traído algo bueno, algo definitivo, esto ha sido la desconfianza hacia el sistema. Antes solo desconfiaba del "maravilloso" espíritu de la Transición la generación de los hijos de los artífices de tal espíritu. Era lógico: cada generación es como una ola que sepulta las ideas de la anterior, o mejor dicho, que no las combate porque las ignora. Mi generación no comprende (y en realidad poco le importan) las llanuras a las que se llegó desde las montañas enfrentadas de la derecha y la izquierda en los setenta. Poco interesan los símbolos y las medianías conquistadas. Pero lo más curioso es que hoy esa desconfianza ha trepado desde la juventud hasta generaciones más maduras. El descrédito de la corona es un ejemplo. El rey se tambalea con su cuerpo fofo, con esa apariencia casi plastificada, hinchada como un globo, sobre sus dos enclenques patas de palo, cosidas y remendadas mil veces después de infinidad de accidentes en Baqueira y el enésimo escándalo en Botswana: igual de inestable es el paso del Estado, su unidad, su inamovible Constitución y su forma de ser se tambalean ante la indiferencia lógica de todos, pues su camino ha ido de descrédito en descrédito.  A este régimen le quedan dos días, a pesar de Rajoy, Rubalcaba y sus estados de emergencia, y del mismísimo rey: la gente ya se ha dado cuenta de que son monigotes en manos de intereses ajenos, ya sean los de la banca, los de Alemania, los de China o los de Emilio Botín y Amancio Ortega.

Estoy convencido, por otro lado, de que si el 15 M hubiese llegado a conclusiones a gran escala, si hubiese creado su propio sistema, éste solo hubiese traído problemas: de la indignación y la rabia no sale nada bueno. Y mucho menos del fanatismo, tipo ulema, de los estudiantes de historia. El 15M, aunque parezca contradictorio, enarboló la idea de un capitalismo de las ideas, en el cual, en libre competencia, cada uno pretendía decir una idea más solidaria, más colectiva y más brillante que el anterior. El juguete 15M no había salido del tablero de su papá capitalismo. Pero, aunque suene raro, quizá sea más bonito así. Su poético fracaso lo equipara al otro gran hito juvenil: el mayo francés.  Ahora, como antes, "el recreo ha terminado", pero queda algo: un aguijón en la conciencia de cada uno que motiva a pensar antes en los fines comunes que en los personales. También en este mayo, como en aquel otro, el primer tiempo de los ángeles y los corderos dio paso a una resaca de lobos y chacales. Sin duda, hubiese sido mejor que el clima creado en el más reciente mayo se hubiese aprovechado para eleminar las humedades y dar dos o tres capas de pintura al Estado: eliminar caciquismos, fraudes electorales e intereses privados. Pero lo dicho: si de ahí hubiese salido algo, es decir, un nuevo sistema ordenado, hubiese sido peor.

Así pues afrontamos en 2013 con el riesgo de caer gratuitamente en la demonización de los contrarios. Hay una gran y preocupante facilidad hoy en día (y me temo que irá en aumento) de explotar la humillación y la rabia como arma arrojadiza contra enemigos invisibles, de igual forma con la que impunemente se hace de la crueldad (de momento no tanto física, a pesar de los pelotazos de goma, como espiritual, "monetaria") y de la desconsideración valores en alza en el mercado. Y mientras tanto, de la "edad dorada" tan solo quedan harapos, que se van deshilachando a la misma velocidad con la que se va perdiendo la confianza en el futuro y los ingresos menguan o desaparecen. Avisados estamos: tendremos que ser precavidos.