martes, 24 de junio de 2014

GEOMETRÍAS

Continuo con algunos de los artículos publicados en ¿Alguna idea? bajo el epígrafe "El placer de la mirada". Fotogramas seleccionados sobre temas concretos, que relacionan en la mayor parte de las veces el cine con las artes plásticas. 

Kandinsky, Malevich, Mondrian, luego Klee, y más tarde Rothko: la pintura desde las vanguardias se ha desprendido del mundo. Desde entonces, la superficie del cuadro ha sido un campo de batalla de líneas y colores. Dejó de tener sentido buscar significados, pues los objetos habían desaparecido. La realidad se exaltaba de otra forma, no ya recreando la naturaleza sino exhibiendo su esencia. ¿Pero cómo podía el cine acercarse a la sensibilidad abstracta que ha terminado por dominar el arte? ¿Cómo podía hacerlo sin dejar de lado lo que le es propio, es decir, la realidad fotografiada?
Sin prescindir de los objetos y de los actores, los directores de cine y sus directores de fotografía se han acercado a esa sensibilidad abstracta buscando los espacios vacíos dentro del plano. También dividiendo el plano en dos mitades constrastadas, o compartimentándolo en bandas. Para ello recurrieron a los pintores del pasado que ya habían intentado sacar a la luz la estructura geométrica que subyace en la realidad. Pensaron en Piero della Francesca, en Durero, en Poussin. Pero también en aquellos maestros modernos de los espacios vacíos: Degas, De Chirico, Hopper.  De esta forma, el plano se convirtió en un territorio de tensiones y contrastes entre los espacios llenos y los vacíos, entre la silueta de los actores y las formas geométricas de los objetos. Los grandes directores se especializarán así en el diálogo mudo entre lo vivo y lo inerte.
La geometría puede mostrar un mundo despersonalizado y rígido en el que los personajes están alienados o viven bajo presión psicológica. Pero también la geometría puede mostrar la asombrosa belleza que subyace bajo la regularidad de la naturaleza y de las cosas.

El eclipse (Michelangelo Antonioni, 1962)

La montaña sagrada (Alejandro Jodorowsky, 1973)
El resplandor (Stanley Kubrick, 1980)
El sabor del sake (Yasujiro Ozu, 1962)

El conformista (Bernardo Bertolucci, 1970)

Centauros del desierto (John Ford, 1956)

Suspiria (Dario Argento, 1977)
Juventude em marcha (Pedro Costa, 2006)
La aventura (Michelangelo Antonioni, 1960)
El caballo de Turín (Béla Tarr, 2011)
El verdugo (Luis G. Berlanga, 1963)
Las consecuencias del amor (Paolo Sorrentino, 2004)
Playtime (Jacques Tati, 1967)

domingo, 1 de junio de 2014

VAL MARTELLO, QUINTANA Y EL QUEBRANTAMIENTO DE LOS DOGMAS UNZUÍSTICOS

Puede decirse ya: Nairo Quintana ha ganado el Giro de 2014. Lo ha ganado sin aparente esfuerzo, sin alterar en ningún momento su rictus imperturbable de cerámica mochica. Tan solo ha necesitado dos etapas, la de Val Martello y la cronoescalada del Monte Grappa, para decantar la carrera a su favor; el resto del tiempo ha chupado rueda, excusándose con estar malito.

Nairo de rosa: entre E.T. y la cerámica moche.


Este ha sido el Giro, en definitiva. Una carrera un tanto decepcionante, con un prólogo irlandés innecesario, con un plantón en Bari, demasiadas etapas para Bouhanni y un final bochornoso en el Zoncolan a causa de bastantes aficionados imbéciles. En realidad, las cuatro últimas ediciones del Giro han sido un poco descafeinadas. La del 2011 marcada por la tragedia de Weylandt, la supresión del Monte Crostis y el dominio excesivo de Contador, posteriormente descalificado. El Giro de 2012 solo la salvó el etapón que se marcó De Gendt en el Stelvio, pues el duelo entre Hesjedal y Purito fue bastante ridículo, de ataquitos de último kilómetro. La edición del 2013 tuvo el nada desdeñable aliciente de ver sufrir a Wiggins en la lluvia, pero la nieve obligó a anular etapas y cambiar recorridos. Tampoco Nibali encontró un rival a su altura. Y esta edición estará marcada por la innecesaria polémica del descenso del Stelvio.

Por mucho que aireen la polémica, la etapa de Val Martello ha salvado esta edición del Giro, y quizá debamos agradecérselo todo a Pierre Rolland y Ryder Hesjedal, los valientes de la jornada. Además, durante la etapa Quintana quebrantó dos dogmas unzuísticos: el fair play y el apaño "para ti la etapa y para mí la general". Empecemos por el principio: la etapa se presentaba interesantísima, con el ascenso encadenado a dos colosos como el Gavia y el Stelvio. La dirección de carrera no estaba dispuesta a anular de nuevo la etapa como el año pasado, y tenía previsto ascender los dos puertos lloviese, nevase o tronase. Por su parte, el pelotón ya había gastado su cartucho huelguístico en la etapa de Bari. En esta etapa, la primera tras la excursión irlandesa, el pelotón, controlado por corredores del norte y australianos del "nuevo ciclismo", se había negado a disputar la carrera hasta la última vuelta. En la capital pugliense el piso estaba muy resbaladizo, pero el plante ocultaba más bien el congénito desprecio que sienten los norteños, mayoría en el pelotón, a correr en el subdesarrollado sur. Por tanto, agotada la posibilidad del plante, se iba a cumplir lo que estableciese la dirección de carrera. 

Dario Cataldo coronó el Stelvio, y se preveía un descenso difícil debido a la incipiente nevada en la cima, la falta de visibilidad y el frío. Entonces entraron en juego las "redes sociales". En twitter se anunciaba la neutralización del descenso del Stelvio, mientras que por radiocorsa se establecía la señalización de la mejor trazada por parte de unas motos con banderines rojos durante los primeros tornanti del descenso, sin hablar en ningún caso de neutralización. Resultado: caos. Algunos equipos se tomaron el descenso con calma, otros en cambio bajaron más rápido. En el grupo de favoritos, Rolland, Hesjedal, Quintana y Gorka Izaguirre se adelantaron. Urán bajaba con excesiva calma. En el grupo delantero habían desaparecido los Omega Pharma - Quick Step, también los Astana, los equipos que se quejarían posteriormente de tongo. Nadie detuvo a Cataldo ni a los dos Ag2r que marchaban escapados. No hubo neutralización en ningún momento, si se entiende por neutralización lo que siempre se ha entendido en ciclismo: parar la carrera, reagrupar a los corredores, y retomar la salida dando ventaja a los escapados. El twitter de la neutralización se había borrado.   



Quintana - y el propio Unzúe - quebrantaban su primer tabú: el que obliga a esperar. Muchos recordamos la actitud de su equipo en el Tour de 2010, en la etapa que terminaba en Lieja, cuando cayeron Andy Schleck y Contador. José Iván Gutiérrez y Fabian Cancellara actuaron como mafiosos del pelotón y obligaron al Rabobank de Menchov a dejar de tirar en cabeza de grupo. Resultado final: Denis Menchov perdió un Tour que debería haber ganado. Ahora, con la lección aprendida debido a los despistes/fracasos de Valverde en la Vuelta de 2012 y el Tour de 2013, Movistar pasaba al ataque mandando a hacer puñetas el fair play. Es éste un concepto importado al ciclismo de forma artificial. Un fair play que reclamaba Oleg Tynkoff, uno de los directores deportivos más combativos al terminar la etapa. Un fair play que luego su pupilo Michael Rogers no ha respetado en absoluto en la subida al Zoncolan, donde ni se le pasó por la cabeza esperar a Bongiorno, el corredor del Bardiani que marchaba con él y que fue desequilibrado por el empujón de un espectador. Un fair play que, como siempre, se invoca según interés. 



Al iniciar la subida a Val Martello, el grupo de Quintana, Rolland y Hesjedal sacaba al grupo de Urán, la maglia rosa, apenas un minuto y medio. Como es habitual en el francés, explotó sin haber dado signos aparentes de fatiga hasta el momento. Solo el achepado canadiense parecía poder seguir el ritmo de Quintana, que avanzaba por las cuestas con su rictus impenetrable, balanceando la cabeza como un pequeño E.T. embutido en un mono azul. En un descansillo antes del infernal último kilómetro, Hesjedal y Quintana parecían dialogar. Ya parecía clara la consabida componenda unzuística, que se remonta a los tiempos de Indurain, y que se resumen en el motto "para ti la etapa, para mí la general". Una componenda que, todo hay que decirlo, desvirtua como pocas otras cosas la competición, pero que en su momento, en los años de la miguelónmanía, era aplaudida por todos como sinónimo de estrategia y caballerosidad. Pero Quintana quebrantó este segundo tabú, más enraizado todavía que el primero. Quintana se llevó la etapa y Urán acabó dejándose cuatro minutos y once segundos, es decir, perdió con su compatriota al menos tres minutos en la subida.



Esta etapa ha salvado al Giro, y ha confirmado definitivamente el nacimiento de un corredor excepcional en montaña, y además listo. Un corredor que sabe chupar rueda siguiendo el mejor estilo colombiano, pero que también sabe asumir riesgos en las bajadas, y lanzar ataques lejanos. Un colombiano ganador que no se limita a recoger las migajas de las victorias en los finales en alto. Aunque de nuevo la etapa decisiva vino precedida de un día de descanso, como la de Fuente Dé en la Vuelta de 2012.

Al finalizar la etapa llovieron las críticas, principalmente y como es habitual, de los principales damnificados. Lefevere llegó a afirmar que la organización le había quitado el Giro a Urán para dárselo a Quintana. Al menos no entonó el cántico de la seguridad, pues hubiese sido bastante incoherente viniendo del director más centrado en la París-Roubaix, esa carrera en la que los ciclistas siempre se dejan alguna clavícula e incluso alguna rótula por el camino.  Todo tenía la pinta de una pataleta, amparada en las fallos y experimentos raros (motos con banderitas) de la organización. Entre los que perdieron tiempo, Pozzivivo y los Ag2r reconocieron que bajaron todo lo rápido que pudieron; otros al parecer se pararon, o dijeron que se pararon, como los del Astana.  Al menos en las siguientes etapas, dada la superioridad de Quintana en montaña, se irían acallando las voces críticas.

Pero aplacada la polémica, este Giro no se ha salvado de una sensación continua de casino. El remate se vivió ayer, en una subida vergonzante al monte Zoncolan.  No solo por los imbéciles que corren al lado de los corredores, les tocan, les empujan, se hacen selfies con ellos a riesgo de desestabilizarles, sino principalmente debido a la ausencia total de policía en la subida. Lo más lamentable fue la presencia de la protección civil y una especie de guardia forestal en el último kilómetro, bien alineados para ver la carrera desde un lugar privilegiado, como si así se quisiese obviar el desmadre anterior. Este tipo de subidas "de cuesta de cabras" solo atraen al público más idiota del planeta, que ve aquí una oportunidad de correr más tiempo al lado de los corredores, y más de algún organizador se debería cuestionar si realmente aportan algo. Al menos subidas como el Stelvio y el Gavia ahuyentan al aficionado que está más pendiente de salir en la tele que de los corredores.

El imbécil del día
 

jueves, 1 de mayo de 2014

UNA PRIMAVERA DESVAÍDA: RESUMEN DE LAS CLÁSICAS DE PRIMAVERA Y RECORDATORIO DE GANADORES INSÓLITOS DEL PASADO

El pasado domingo terminó la Liège - Bastogne - Liège, y con ella la temporada de clásicas de primavera. Para todo aficionado auténtico al ciclismo queda un vacío tras ellas, y se abre un breve periodo de luto que solo finaliza con el inicio del Giro d'Italia. Pero esta primavera no quedará en el recuerdo; no tanto a causa de los nombres de los vencedores, algunos más que sorprendetes (Kristoff, Terpstra, el mismo Gerrans), como debido al desarrollo insustancial de las carreras.
Comenzó la temporada de clásicas con una Sanremo en la que la ascensión al Poggio pareció un velatorio, y en la que acabó rematando Alexander Kristoff en un portentoso sprint de fuerza animal en el que hasta Cavendish tuvo que sentarse. De nuevo un final con sorpresa, y no del todo agradable dado el equipo en el que milita el barrigudo noruego. Fue una carrera dura, en la que dominó el Katusha como un rodillo y en la que sorprendentemente Kristoff sacó varias bicicletas a sus rivales. Nibali lanzó un hermoso ataque suicida en la Cipressa, no secundado; el veterano Luca Paolini controló la ascensión al Poggio, demostrando que el Katusha sería el equipo más idóneo para que en él corriesen Christopher Lambert y los demás inmortales;  y Juan José Lobato finalizó en una interesante cuarta posición.


La Ronde encadenó su tercer año insulso, al no incluir en el recorrido ese santo lugar del ciclismo que es el Muur Kapelmuur de Geraardsbergen. El encadenamiento de Oude Kwaremont y Paterberg es interesante, pero no tiene la majestuosidad del tortuoso ascenso a la ermita; el Muur inspiraba una tensa espera previa, y lo que sucedía en él tenía el sabor de lo definitivo. Volviendo al presente, ganó Fabian Cancellara por tercera vez, aunque quizá deberíamos decir que ganó la nueva versión del suizo, pues de trotón bobalicón y desbocado, muy dado a ataques lejanos y a tirar de pelotones, ha pasado a corredor astuto y tacañón. Hizo lo que quiso con  Stijn Vandenbergh, Greg Van Avermaet y Sep Van Marcke, un trío de flamencos que por falta de zorrería no debería compartir nacionalidad con De Vlaeminck o Van Petegem.


La Paris - Roubaix subió un poco el nivel de los monumentos, principalmente gracias a Tom Boonen, que si bien no fue el más fuerte, nos regaló un numerito en solitario. El flamenco, falto de la chispa de otros años, sigue destrozando los irregulares y mastodónticos adoquines de Roubaix a su paso, cual Atila. La resolución fue un ejercicio de pizarra de la escuela Lefevere: lanzar a  Niki Terpstra por delante tras pasar Hem, como hiciese en 2001 con Servais Knaven. Aunque eso sí, de esta forma se nos regaló el placer de ver rodar al holandés, que a pesar de tragarse los últimos quilómetros con su enorme boca abierta, no perdió su elegancia encima de la bicicleta. Cancellara conseguía un nuevo podium, el decimosegundo consecutivo en su particular racha de Sanremo-Flandes-Roubaix finalizadas. Y como sorpresa esperpéntica, un renacido Bradley Wiggins llegó en el grupo delantero.


Los despojos flamencos quedaron para Sagan y Degenkolb. El eslovaco se llevó Harelbeke, pero sigue sin mojar en un monumento, y el fornido alemán acabó llevándose una bonita Gent-Wevelgem resuelta como es habitual al sprint, ampliando de esta forma su creciente palmarés de clásicas. Las Ardenas empezaron con la victoria de un renacido Gilbert en la Amstel, con su ataque casi patentado en el Cauberg, y ante Valverde que, pobrecito, no aprende de errores pasados. El murciano se resarció en la Flecha Valona, esa carrera que no requiere de mucho ingenio estratégico dado su final en cuesta. Sí requiere piernas (y más cosas): no en balde Valverde rebajó su registro de 2006 en la ascensión a Huy.

Finalmente la Doyenne se llevó la palma a la carrera más decepcionante e insulsa de todas. Fue la apoteósis del marcaje y de la "igualdad de fuerzas" entre los equipos punteros, léase Katusha, Movistar, Orica... Un pelotón apenas diezmado controló la carrera hasta llegar a la destartalada capital valona. Los rusos del Katusha, aun perdiendo a Purito por el camino, fueron capaces de cambiar de planes sobre la marcha (todos valen) y lanzar por delante a Giampaolo Caruso, un ex-convicto, con el pequeño Domenico Pozzovivo. La pareja callejeó por Lieja y Ans perseguida por un grupo que se convirtió en un pelotón de treinta corredores en el descenso. El del Katusha estuvo a punto de ganar, pero el que le superó en los últimos metros era todavía de peor calaña: Simon Gerrans. El australiano se llevó la carrera con astucia y con un sprint portentoso, digno de killers de antaño como Bettini y Di Luca. Valverde hizo de nuevo segundo.


En resumen, una primavera para olvidar. Habrá que esperar a otoño para ver si se concluye una temporada de monumentos parangonable a la de 2011. En ese año se dieron las victorias sorprendentes de Matthew Goss en Sanremo, Nick Nuyens en Flandes y  Johann Vansummeren en Roubaix, la esperada de Philippe Gilbert en la Lieja, y la apoteósis del ciclismo "social" con la victoria de Oliver Zaugg en Lombardía, un sputnik que finalizaba contrato (como Cobo y Horner en sus respectivas Vueltas, sin ir más lejos). Esperemos que no se llegue a tanto.
Aprovechemos la situación para recordar a otros vencedores de grandes monumentos. Vencedores anónimos que no confirmaron sus portentosas victorias, o que simplemente demostraron ser cohetes cargados con pólvora especial. Recordemos pues los nombres de los ganadores de grandes monumentos con un palmarés más exiguo, más raquítico. Algunos son notablemente simpáticos; otros no tanto.

En la Milano - Sanremo, los vencedores con menos palmarés después de la II Guerra Mundial han sido Gabriele Colombo, aquel jovencito del hipertrofiado Gewiss, vencedor en 1996, y Marc Gomez, el bretón del Wolber que llegó a la via Roma tras una larga escapada. Les seguirían de cerca Erich Mächler, también vencedor tras una larga escapada, Matthew Goss y Gerald Ciolek. Aunque estos dos últimos todavía son jóvenes y pueden ganar más cosas. El italiano del Gewiss venció con un ataque en el Poggio digno de sus predecesores (Fondriest, Furlan, Jalabert), llevándose con él a Gonchenkov y Coppolillo. Menudo trío en Vía Roma.

Marc Gomez (19.09.1954): Milano - Sanremo (1982), Campeonato de Francia (1985), Tour de Suecia (1985), 3 etapas Vuelta a España (1 en 1982, 2 en 1986).


Erich Maechler (24.09.1960): Milano - Sanremo (1987), Campeonato de Suiza (1984), Tirreno - Adriatico (1988), Vuelta a Valencia (1988), 1 etapa Tour de Francia (1986), 4 etapas Tirreno - Adriatico, 3 etapas Dauphiné Liberé. 

Gabriele Colombo (11.05.1972): Milano - Sanremo (1996), Giro di Calabria (1996), Giro di Sardegna (1996), 1 etapa Vuelta al País Vasco, 1 etapa Tirreno - Adriatico, 1 etapa Setmana catalana, 1 etapa Quatre Jours de Dunkerque.  3º Liège - Bastogne - Liège (1997). 


En la Ronde van Vlaanderen ha habido bastantes casos de corredores sorprendentes. Obviando el reciente de Stijn Devolder, que repitió victoria, los ganadores más insólitos desde finales de los años sesenta han sido holandeses: Cees Bal, Evert Dolman y Johan Lammerts. Podriamos añadir el grupo el belga René Martens, que consiguió pocas victorias, pero escogidas (una Ronde en 1982, una etapa en el Tour y una Bordeaux - Paris), e incluso a Jacky Durand (1992) y Nick Nuyens (2011).


Evert Dolman (22.02.1946 - 12.05.1993): Ronde van Vlaanderen (1971), Campeonato de Holanda (1968), 1 etapa de Vuelta a España (1967). Como amateur: Campeonato del mundo (1966), Campeonato de Holanda (1964, 1965), Medalla de oro en los J.J.O.O. contra el crono por equipos (Tokyo 1964, junto con Zoetemelk, Karstens y Pieterse).


Cees Bal (21.11.1951): Ronde van Vlaanderen (1974), 1 etapa Vuelta a España (1979).

Johan Lammerts (02.10.1960): Ronde van Vlaanderen (1964), 1 etapa Tour de Francia (1985).


En la Paris - Roubaix se han dado en ocasiones vencedores salidos de escapadas matutinas. Uno de ellos fue Dirk Demol, vencedor en 1988 y actualmente director deportivo del conjunto Trek. Su palmarés es de los más escasos. En Roubaix han ganado corredores que han sido auténticos especialistas, o simplemente amantes abnegados de la carrera que no han brillado más allá de ella: en este grupo se podría incluir a Roger Rosiers (1971), Frederic Guesdon (1997), Servais Knaven (2001), Magnus Backstedt (2004) y el ya mentado Johan Vansummeren (2011). Otro sería el grupo de clasicómanos efímeros, con Marc Demeyer (1976) y Jean-Marie Wampers (1989).

Dirk Demol (04.11.1959): Paris - Roubaix (1988), Omloop Vlaamse Ardennen (1990).


Magnus Backstedt: Paris - Roubaix (2004), Campeonato de Suecia (2007), 1 etapa Tour de France (1998), G.P. Isbergues (1997), Le Samyn (2002). Puestos: 2º Gent - Wevelgem (2004)
 

Johan Vansummeren: Paris - Roubaix (2011), Tour de Pologne (2006), 1 etapa Tour de Pologne. Puestos: 5º Paris - Roubaix (2009). Como amateur: Het Volk (2002), Liège - Bastogne - Liège (2003)

En la Liège - Bastogne - Liège desde los años cincuenta los vencedores con un palmarés más parco fueron Valere Van Sweevelt, un buen corredor amateur cuya única victoria importante en profesionales fue ésta, y el también belga Alois De Hertog, que venció tras una larguísima escapada con muchos minutos de ventaja. Podría incluirse con ellos al luxemburgués Marcel Ernzer, gregario de Charly Gaul, vencedor en 1954, pero hemos preferido colocar en el podium de honor a Maxim Iglinskiy, con su meteórica victoria de 2012. Otros vencedores con un palmarés reducido, o con algunas otras clásicas menores, serían Willy Bocklandt (1964), Carmine Preziosi (1965) y  Josef Fuchs (1980, tras la descalificación de Johan van der Velde por doping). 

Aloïs De Hertog (09.04.1927 - 22.11.1993): Liège - Bastogne - Liège (1953). 

Valere Van Sweevelt (15.04.1947): Liège - Bastogne - Liège (1968). Como amateur: Campeonato de Bélgica (1967), Ronde van Vlaanderen (1967).

Maxim Iglinskiy (18.04.1981): Liége - Bastogne - Liège (2011), Campeonato de Kazajstán (2007), Strade Bianche (2010), G.P. Camaiore (2005), 1 etapa Tour de Romandie

En el Giro di Lombardia no solo encontramos algunos de los vencedores más sorprendentes, sino también algunos de los más sospechosos. El primero a reseñar, induscutible líder de la lista de ganadores "cutres" de gran monumento, es Oliver Zaugg, un corredor que consiguió aquí su primera victoria como profesional pasada la treintena, con una ataque de lo más desarmante. También Vladislav Bobrik entraría en esa lista doble de ganador sorpresa/ganador sospechoso. El ruso era un miembro más de aquel Gewiss-1994 que deslumbró al mundo. Finalmente, remontándonos un poco más en el pasado, encontramos a Bruno Landi, vencedor en 1953, que llegó al Vigorelli tras una larguísima escapada. Otros vencedores más o menos anónimos serían Cleto Maule (1955), Gianni Faresin (1996) y el francés Gilles Delion (1990), corredor que no consiguió más victorias al rechazar el dopaje en un periodo, principios de los noventa, en el que estaba generalizado.  

Bruno Landi (05.12.1928): Giro di Lombardia (1953).Puestos: 4º Giro di Lombardia (1954)


Vladislav Bobrik (06.01.1971): Giro di Lombardia (1994), 1 etapa Paris - Nice.

Oliver Zaugg (09.05.1981): Giro di Lombardia (2011). Única victoria como profesional.

viernes, 18 de abril de 2014

SALAS DE CINE

Antes de que Old Trafford pasase a ser “el teatro de los sueños”, la barraca de los hermanos Lumière ya lo era. A partir de entonces, cada pueblo y cada barrio tuvieron el suyo: ese espacio mágico, oscuro y comunitario en el que enamorarse, pasar miedo, divertirse, recapacitar o simplemente pasar el rato en la contemplación de las sombras. ¿Quién no recuerda los cines de verano, con su bocata o merendola? Algunos, entre los que me incluyo, consideran la sala de cine una especie de templo al que entrar con reverencia. Otros, en cambio, prefieren añadir al placer que supone ver una película la delectación de masticar y sorber. Hay quien prefiere comentar en voz alta lo que piensa, ya sea bueno o malo,  y hay quien manda callar. Los hay que se besan o se meten mano, los hay que roncan o a los que les suena el móvil. Hay niños hiperactivos y ancianos somnolientos. Los hay que van en pareja, los que van en grupo y los que van solos. Aunque de todos ellos cada vez hay menos.
Las salas de cine se vacían. La subida del IVA cultural está siendo la puntilla a un proceso de declive iniciado años antes. Estos templos de la modernidad, como tantos otros, cierran sus puertas, aunque quizá se vacíen mucho antes los cines que las iglesias, quién sabe. Quizá sea un tópico hablar de la muerte del cine, como lo era en otro tiempo hablar de la muerte de la literatura o la muerte de la historia;  el audiovisual está demasiado vivo como para poder hablar de muertes en el horizonte más inmediato, lo que no quita que el modelo de salas de cine, de espacios comunitarios en los que disfrutar de imágenes y sonidos, esté desgraciadamente en declive.  Quizá el cine es una actividad demasiado pasiva para un nuevo mundo que exige constantemente más interactuación, y por otro lado, la crisis pesa mucho en los bolsillos. Es una pena enorme que las distribuidoras se piensen dos o tres veces exhibir películas de festivales en España. Es una pena que yo tenga que pensarme dos o tres veces si ir al cine o no. En mi ciudad son muchas las salas de cine que han cerrado (ABC Martí, Albatros, Cine Serrano, Flumen, Tyris, Aragón…), y otras que resisten con valentía (Babel, Cinestudio d’or),  pero a pesar de ello, el cine es como el monstruo de Frankenstein, una criatura medio muerta que está muy viva, y si ha sobrevivido a la televisión, al home-video, a las series de la HBO, ¿por qué no iba a sobrevivir a la crisis?



Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988)

El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)

Holly Motors (Leos Carax, 2012)

El hombre de la cámara (Dziga Vertov, 1929)

Pierrot, el loco (Jean-Luc Godard, 1965)

Roma (Federico Fellini, 1972)

Soñadores (Bernardo Bertolucci, 2003)

Taxi driver (Martin Scorsese, 1976)
Sogni d'oro (Nanni Moretti, 1981)
Angustia (Bigas Luna, 1986)
El quimérico inquilino (Roman Polanski, 1976)